No, yo ya no me meto en eso.
Lo que sucede es que, muy dentro de mí, aún estoy convencido de que soy una persona que vale la pena conocer, que puede transmitir algo bueno a los demás. En plural. Por un tiempo. Finito.
Eso es todo lo que puedo hacer. Llegar a la vida de las demás personas y hacerlas sentir bien por un tiempo. Después, me gusta desaparecer. Así no más.
Entonces, ya no hago eso, pero tampoco se trata de irme a encerrar dentro de mi cabeza en un lugar desconocido donde nadie me hable. Puedo hacer una diferencia. Puedo ir a alfabetizar personas. Enseñarles matemáticas. Hacerlas sentir bien. Darles eso que vale la pena de mi y salir de sus vidas antes de que salga el monstruo egoísta en mí. Puedo hacer eso y luego irme. Y volverlo a hacer. Ad infinitum. Todos contentos. El apego es lo que jodió el primer cuarto de siglo de mi vida. El apego, la obsesión y el valemadrismo.
Adiós al apego. A empezar a hacer algo que de verdad sirva. Algo que de verdad, marque una diferencia. Así, todos felices.
A lo mejor, nuestros caminos se vuelven a cruzar, y volverás a estar orgullosa de mí.


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